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domingo, 21 de agosto de 2011

La Agroindustria en Chile (Parte 1)

Se ha visto e investigado si las agroindustrias influyen en el territorio en que se van desarrollando, cómo van modificando el entorno, la comunidad, y principalmente las zonas rurales y sus entornes, y por ende, a los actores y actrices que se desarrollan en dicho contextos, por ejemplo, cómo va integrándose la mujer en este nuevo campo laboral, ya que con la instalación de las agroindustrias vemos una feminización del campo, mujeres asalariadas pero un periodo limitado y corto de tiempo. También vemos cómo la población de haber emigrado del campo a la ciudad retorna de la ciudad al campo en busca de trabajo, sin embargo, este es por razones netamente laborales y por un periodo breve de tiempo, no es algo permanente que inclusive puede ser solo en la jornada laboral. También, vemos que con la incorporación de las agroindustrias la lógica de producción cambia hacia una lógica intensiva neoliberal, priorizando el uso indiscriminado de agroquímicos para una producción masiva en tamaño y cantidad, la relación del agricultor con la tierra ya es diferente, no se respeta sino que se explota lo más que se puede para la recepción de ganancias. El tipo de producción también va modificándose, aunque sabemos que a nivel histórico la agricultura y su producción se ve influenciada por el contexto y por las demandas externas como lo sucedido con el periodo de producción de trigos en la zona central, actualmente existe un masivo monocultivo basado en la demanda externa ya que estas producciones intensivas  están destinadas principalmente a la exportación a otros países, principalmente, países de Europa y Estados Unidos, por ejemplo, en Copiapó se desarrolló el “boom de la uva”, donde al momento de introducirse las agroindustrias se comenzó a producir uva de mesa para ser exportada, llegando empresas transnacionales como Dole, Unifrutti, etc. A nivel nacional, estas empresas son reconocidas no solo por estar en más de alguna ciudad del país, sino también, por abarcar el comercio nacional.

En la última década, se ha incorporado las empresas productoras de semillas, donde no solo se cultiva con agroquímicos sino también son alteradas genéticamente, empresas como Syngenta, Pionner, Tuniche, Massai, etc., empresas que menos tienen respeto al medio ambiente. En el caso del valle de Azapa han arrendado terrenos extensos, derribado miles de olivos, y fomentando el monocultivo principal de maíz, pero cultivan otro tipo de productos transgénicos como el morrón por ejemplo.   Afectando así al medio ambiente, generando una inestabilidad en la agricultura del valle y al arrendar estos territorios se desgastarán y existe la sospecha por parte de los y las pobladoras del abandono de estos dejando precaria la calidad de la tierra por las múltiples cortadas que hacen en el año, aspecto que no es normal a través de una producción normal.

lunes, 16 de mayo de 2011

Temporeras de la agro exportación, tensiones y desigualdades frente al cuidado infantil

Por Angélica Willson, subdirectora CEDEM1
 
En la actualidad, la forma de producción agrícola ha modificado la estructura tradicional del mercado laboral del sector agrario, generando un incremento de la demanda de fuerza de trabajo en las temporadas de cosecha y embalaje y un aumento sostenido de la participación de las mujeres en el empleo agrícola, proceso que ha venido acompañado de la instalación de mecanismos de flexibilización, subcontratación e intermediación laboral con alto impacto en las condiciones de vida de mujeres que trabajan en este sector de la economía nacional. El empleo adquiere un carácter estacional y/o temporal en detrimento del trabajo estable y con salario permanente.
Durante la temporada agrícola una mujer trabajadora puede establecer una relación contractual con uno o más empleadores y rotar en distintas faenas en predio o packing, dependiendo del ciclo agrícola y estacionalidad de la variedad de cultivos predominante en cada zona geográfica en que ésta se desarrolla.
El modelo de flexibilidad laboral ha facilitado la aplicación y abuso de mecanismos de contratación y formas de pago flexibles legalmente establecidas, dentro de las cuales destacan: uso excesivo de contratos por faena y la extensión del sistema de pago “a trato”, que consiste en el cálculo de las remuneraciones por unidad de trabajo realizado, es decir por caja embalada o cantidad de fruta cosechada y por tanto, desaparece el derecho a “semana corrida” y se reemplaza por el concepto de “día trabajado, día pagado. Esta forma de empleo exige un gran esfuerzo de parte de las mujeres que las llevan a extender la jornada diaria, disminuir los tiempos de descanso durante las faenas y auto exigirse metas de productividad a través de la aceleración de los ritmos de trabajo a fin de obtener un salario que permita solventar la manutención familiar durante los períodos de cesantía y por tanto, proyectar sus gastos en función de los ingresos obtenidos durante la temporada de mayor intensidad de la actividad agrícola.
El aumento sostenido de la participación de las mujeres en el empleo temporal no se está dando bajo condiciones de resguardo y seguridad, que permitan establecer una relación más equilibrada entre derechos laborales, derechos al cuidado y protección social, como elementos indispensables para superar situaciones de exclusión social y de género. Las tensiones que se desprenden de la relación entre vida familiar y laboral y en particular, las relativas al cuidado infantil aún permanecen como un campo de preocupación no resuelto. Porque por un lado, se han mantenido prácticamente inalteradas las normas relativas a la división sexual del trabajo reproductivo y doméstico, lo cual significa que el cuidado de los hijos/as se sigue manteniendo como un ámbito de responsabilidad exclusiva de las mujeres y por otro, se agrega la baja densidad de las políticas públicas y la escasa o casi nula participación del sector empresarial en el cumplimiento de normas relativas a cuidado infantil.
La Encuesta CASEN 2006 (MIDEPLAN), estimó que dentro del universo de temporeras agrícolas se registra un total de 66.168 hijos/as menores de doce años. Al comparar estas cifras con la cobertura de la política pública focalizada hacia este sector de mujeres, podemos observar que alcanza a sólo un 22%. Por su parte, la Encuesta Laboral (ENCLA) 2006, de la Dirección del Trabajo, muestra una disminución sostenida del porcentaje de empresas que contrata a veinte o más trabajadoras, lo cual constituye un obstáculo para el acceso de las mujeres al derecho a sala cuna. En 1998 el 21,1% de las empresas a nivel nacional contrataban más de veinte mujeres, mientras que en el 2006 esta cifra disminuye a sólo 12,9%. Cómo se explica entonces, que frente al aumento sostenido de la participación de las mujeres en el empleo, el sector empresarial diluya su responsabilidad en materia de cuidado infantil? La respuesta es evidente, los empresarios utilizan distintas figuras jurídicas para contratar a su personal y a través de este mecanismo es relativamente fácil eludir tales responsabilidades. Esto significa que en el caso de las mujeres temporeras, ellas deben desplegar múltiples estrategias para enfrentar el cuidado de sus hijos/as menores durante los períodos de actividad laboral intensiva, generando una serie de tensiones en la vida cotidiana de las temporeras que enfrentan las responsabilidades laborales y familiares a través de redes de parentesco, vecinales, la tutela de la hija mayor y/o el uso de sistemas informales de cuidado pagado, que conllevan costos económicos y emocionales que recaen en las propias mujeres.
El trabajo de las mujeres temporeras en el sector de la agro exportación adquiere una gran versatilidad, dada la gran diversidad de labores que desempeñan en los huertos o en los packings, tales como poda, desbrote, deshoje, amarre, siembra, raleo, cosecha, limpieza, selección, embalaje, timbrado, entre otras. En general, las temporeras realizan tareas y faenas no calificadas y actualmente se observa una tendencia a la incursión—cada vez más sostenida— en faenas tradicionalmente de dominio masculino tales como poda, amarre, desbrote, demostrando un desempeño igual o superior al que realizan los hombres temporeros, lo cual plantea un tremendo desafío en términos de profundizar los debates en torno a la relación entre trabajo remunerado y no remunerado a partir de la incorporación de nuevas nociones en torno al trabajo, que posibiliten la puesta en valor de una actividad que ha permanecido subvalorada y excluida de las lógicas monetarias sobre la cual se sustentan tales distinciones.
También es preciso hacer una revisión y profundizar los debates en torno a la construcción de conceptos y enfoques como los de “conciliación entre vida laboral y familiar” en tanto imagen idílica de “conciliación de roles”, en la medida que ésta contrasta con las vivencias cotidianas de las mujeres durante los períodos álgidos de empleo productivo, donde están sometidas a tensiones, angustias y arreglos precarios para enfrentar de manera paralela las altas demandas derivadas del trabajo asalariado y el trabajo doméstico y de cuidado. Construir una sociedad más justa y equitativa no es una tarea fácil, requiere de un ejercicio permanente y sostenido que permita evidenciar los impactos diferenciales derivados de su mayor participación en el trabajo remunerado, de allí la importancia de analizar no sólo el aumento de la participación femenina en el empleo, sino en cuáles son sus condiciones de trabajo y de qué manera se transforman las relaciones laborales y los anclajes tradicionales que impiden el establecimiento de relaciones de género más justas y equitativas.

1. Las reflexiones presentadas en este artículo se desprenden del trabajo realizado en el marco de una consultoría a la CEPAL, actualmente en etapa de publicación “Temporeras de la agroexportación en Chile: tensiones y desafíos asociadas a la relación entre vida laboral y familiar”, de las autoras Angélica Willson y Pamela Caro.

FUENTE: http://www.observatoriogeneroyliderazgo.cl/index.php/noticias-mainmenu-2/2370?task=view